La luna a medias, la vida entera/ Der halbe Mond, das ganze Leben

La luna a medias, la vida entera (Español y alemán)

El viernes pasado tuvo lugar el funeral de una de las mejores amigas de la mamita de Markus. Se llamaba Elsbeth y murió a los noventa y tres años. Con ella compartió viajes, visitas a museos y, sobre todo, un vínculo de confianza que les permitía hablarse con el corazón abierto.
Markus guardaba buenos recuerdos de aquella época en que, siendo apenas un muchacho, trabajaba en la floristería de Elsbeth. Allí no sólo aprendió a cuidar flores, sino que también florecieron sus primeras experiencias de confianza laboral. Por mi parte, apenas la vi una vez, en abril de 2013, durante una visita al museo de Basilea. Ese día la mamita de Markus nos guio por una exposición y Elsbeth estaba allí. De ese encuentro conservo un par de fotos, las mismas que quise compartir en este escrito.

Entramos en la capilla como si congeláramos cada movimiento. La ceremonia fúnebre ya había comenzado y no queríamos incomodar a los presentes. En los primeros bancos se encontraba su hija, acompañada por el resto de la familia. La sala era estrecha, casi modesta, pero bañada por una luz serena que suavizaba la tristeza. Las sillas, alineadas una tras otra, reunían a los presentes en una cercanía inevitable, como si el espacio mismo quisiera recordarnos la importancia de estar juntos en la despedida. Detrás de nosotros, un pequeño grupo de músicos interpretaba con delicadeza su melodía, cuidando que el sonido no se desbordara ni perturbara el recogimiento.

Al frente, la pastora se erguía tras un atril sencillo donde reposaban las hojas de su discurso. Era joven, delgada y de voz dulce. Mientras la escuchaba, hubo un instante que me atravesó de manera especial. La pastora habló de lo que mostramos y de lo que permanece escondido, esa parte de la vida que no se deja ver y que, sin embargo, nos completa. 
Entonces mencionó el poema de Matthias Claudius, Der Mond ist aufgegangen (La luna ha aparecido).

"¡Qué silencioso está el mundo,
y bajo el manto del crepúsculo
qué íntimo y acogedor!
Como una estancia tranquila,
donde las penas del día
se duermen y se olvidan.
¿Veis allí la luna colgada?
Sólo la mitad se deja ver,
y sin embargo es redonda y hermosa.
Así son también muchas cosas,
que solemos negar o reír,
porque nuestros ojos no las alcanzan."

Me conmovieron tanto esas primeras estrofas que repetí una y otra vez en mi mente el nombre del poeta para no olvidarlo. Me prometí buscar el poema más tarde, sin saber que esa intención sería el preludio de este escrito.
La pastora había rescatado la imagen de la luna de Claudius para recordarnos que, aunque a los ojos parezca partida, guarda intacta su redondez. Así también nosotros, hechos de lo visible y de lo secreto, de lo vivido y lo callado.
Cuando terminó la misa para despedir a Elsbeth, salimos del recinto. De camino al lugar donde reposarían sus cenizas, el viento soplaba en ráfagas contenidas. Algunas sepulturas estaban cubiertas de maleza, olvidadas. Otras brillaban con flores frescas y adornos, y me preguntaba si respondían a una pérdida reciente o a un amor fiel que no se rinde al tiempo. Llegamos al sitio señalado. El sepulturero se movía con calma, como quien conoce de memoria cada gesto del rito. Sabía lo que venía después, y después… Pensé en los duelos que habría presenciado ese señor.
La pastora nos pidió acercarnos y quizá pronunció aquellas palabras antiguas: “de la tierra venimos y a la tierra regresamos”, aunque lo que realmente escuché fue: “Dios ha llamado a Elsbeth a su reino”. Esta vez mi mirada se detuvo en los ojos de su hija, que estaba muy cerca de mí. Ojalá las palabras de la pastora logren darle consuelo, pensé.
Ahora que devuelvo el instante, me pregunto si el consuelo puede hallarse también en otras creencias: cuando se dice que el ser querido reencarnará en otro cuerpo; o que regresará al seno de la naturaleza; o que vivirá por siempre en la memoria de quienes lo amaron. Distintas formas de enhebrar una misma esperanza. Pero más allá de las palabras escogidas, de la fe o de una doctrina, la realidad es que quien sufre la pérdida de un ser querido vive con la certeza ineludible de que esa persona que amas no estará mañana ni nunca más en la casa donde sabías que siempre estaba. Y aceptar esa verdad toma tiempo.

El momento se cerró al dejar caer pétalos sobre el redondo contenedor de barro que guardaba las cenizas de Elsbeth. Estaba dispuesto en un pequeño agujero, al lado de los restos de su hijo.
De regreso a la casa de la mamita, sentada en los asientos traseros del coche, pude conocer más de la vida de Elsbeth. Markus y su madre comenzaron a revivir algunas anécdotas. De la radio brotaba la guitarra eléctrica de un blues, y ellos hablaban y hablaban. Sin proponérselo, habían encontrado una manera más íntima de despedir y honrar a su amiga. En un momento, aproveché para preguntarle a la mamita por el poeta. Ella no sólo conocía el poema, sino que lo había aprendido de memoria. Es una de las cosas que ambas compartimos: el amor por la poesía. La he visto apretar los ojos como si con esa acción entrara en la habitación de su memoria y pudiera recuperar mucho mejor las palabras que componen los poemas. Esta vez recitó Der Mond ist aufgegangen de Matthias Claudius.

Más tarde, al investigar sobre Claudius, supe que había nacido en 1740, en el norte de Alemania. Antes de dedicarse al periodismo y a la poesía, había estudiado teología y derecho, aunque pronto abandonó los estudios para seguir su verdadera vocación: escribir. Leí que este poema acompaña algunas veladas familiares y funerales. 
Quería compartir con todos lo que me dejó su poema. La certeza de que la luna, aunque se muestre sólo a medias, nunca pierde su plenitud. Así es también la vida de quienes amamos: una parte se oculta, pero lo esencial permanece intacto. Lo que vemos es fragmento; lo invisible guarda la forma entera, redonda y serena.
Y mientras lo escribo, pienso que quizá la luna de Claudius hablaba también de nosotros, de cómo nos miramos a nosotros mismos: insistimos en detenernos en nuestras sombras, en esas partes menguadas o incómodas de la historia que no queremos ver. Pero nuestra vida —tal como nos tocó vivirla— nos pertenece completa, con sus luces y con sus huecos. Y es allí, en la aceptación amorosa de cada fragmento, donde se revela nuestra luna plena y luminosa.
Apenas crucé con Elsbeth unas horas en la vida, pero su despedida este viernes tocó en mí una tecla profunda de aprendizaje y reflexión. Yo, que no la conocí de verdad, la imagino ahora en la plenitud de su propia luna, completa y luminosa. Descansa en paz, Elsbeth.

Les comparto el poema

Matthias Claudius – El luna ha aparecido

La luna se ha alzado clara,
las estrellas doradas brillan
en el cielo puro y sereno.
El bosque, negro, calla,
y sobre los prados sube
la blanca niebla, misteriosa.

¡Qué silencioso está el mundo,
y bajo el manto del crepúsculo
qué íntimo y acogedor!
Como una estancia tranquila,
donde las penas del día
se duermen y se olvidan.

¿Veis allí la luna colgada?
Sólo la mitad se deja ver,
y sin embargo es redonda y hermosa.
Así son también muchas cosas,
que solemos negar o reír,
porque nuestros ojos no las alcanzan.

Nosotros, hijos orgullosos de los hombres,
somos pobres pecadores vanos
y sabemos en verdad muy poco;
tejemos fantasías en el aire,
buscamos mil artificios
y nos alejamos más de la meta.

Dios, muéstranos tu salvación,
haz que nada perecedero
sea nuestra confianza;
no nos dejes en la vanidad,
haznos sencillos y limpios,
como niños alegres y piadosos.

Y al final, sin lamento,
llévanos de este mundo
por una muerte suave;
y cuando nos hayas tomado,
llévanos contigo al cielo,
Tú, nuestro Señor y nuestro Dios.

Así pues, hermanos míos,
acostaos en nombre de Dios;
frío es el soplo de la tarde.
Perdónanos, Señor, tus castigos,
y concédenos dormir en paz;
y también a nuestro vecino enfermo.


Übersetzung ins Deutsch
Der halbe Mond, das ganze Leben

Am vergangenen Freitag fand die Trauerfeier für eine der besten Freundinnen von Markus’ Mutter statt. Sie hieß Elsbeth und starb im Alter von dreiundneunzig Jahren. Mit ihr hatte sie Reisen unternommen, Museen besucht und – vor allem – ein Vertrauensverhältnis aufgebaut, das es ihnen erlaubte, einander mit offenem Herzen zu begegnen. Markus bewahrte gute Erinnerungen an jene Zeit, als er noch ein Junge war und in Elsbeths Blumenladen arbeitete. Dort lernte er nicht nur, wie man Blumen pflegt, sondern auch, wie Vertrauen im Arbeitsleben erblühen kann. Ich selbst sah sie nur ein einziges Mal, im April 2013, bei einem Besuch im Basler Museum. An jenem Tag führte uns Markus’ Mutter durch eine Ausstellung, und Elsbeth war dabei. Von dieser Begegnung habe ich ein paar Fotos behalten, die ich in diesem Text teilen wollte.

Wir betraten die Kapelle, als wollten wir jede Bewegung einfrieren. Die Trauerfeier hatte bereits begonnen, und wir wollten die Anwesenden nicht stören. In den vorderen Reihen saß ihre Tochter, umgeben von der Familie. Der Raum war schmal, beinahe schlicht, doch er war in ein sanftes Licht getaucht, das die Traurigkeit milderte. Die Stühle, Reihe um Reihe geordnet, brachten die Menschen in eine unvermeidliche Nähe, als wollte der Raum selbst uns daran erinnern, wie wichtig es ist, im Abschied zusammenzuhalten.

Hinter uns spielte eine kleine Gruppe von Musikern ihre Melodie mit großer Zartheit, darauf bedacht, dass der Klang nicht zu laut wurde und die Sammlung störte.

Vorne stand die Pastorin, schlank, jung und mit einer sanften Stimme, hinter einem schlichten Pult, auf dem ihre Blätter lagen. Während ich ihr zuhörte, gab es einen Augenblick, der mich besonders tief berührte. Die Pastorin sprach von dem, was wir zeigen, und von dem, was verborgen bleibt – jenem Teil des Lebens, der sich nicht offenbart und uns doch erst ganz macht.

Dann erwähnte sie das Gedicht von Matthias Claudius, Der Mond ist aufgegangen:

„Wie ist die Welt so stille,
und in der Dämmrung Hülle
so traulich und so hold
als eine stille Kammer,
wo ihr des Tages Jammer
verschlafen und vergessen sollt.

Seht ihr den Mond dort stehen?
Er ist nur halb zu sehen,
und ist doch rund und schön!
So sind wohl manche Sachen,
die wir getrost belachen,
weil unsre Augen sie nicht sehn."

Diese ersten Strophen bewegten mich so sehr, dass ich den Namen des Dichters immer wieder im Kopf wiederholte, um ihn nicht zu vergessen. Ich nahm mir vor, das Gedicht später nachzuschlagen, ohne zu ahnen, dass diese Absicht der Auftakt zu diesem Text sein würde.

Die Pastorin hatte das Bild des Mondes von Claudius aufgegriffen, um uns daran zu erinnern: Auch wenn er mit bloßem Auge geteilt erscheint, bewahrt er doch seine unversehrte Rundung. So sind auch wir Menschen – aus Sichtbarem und Verborgenem, aus Erlebtem und Verschwiegenem gemacht.

Als die Messe zu Els­beths Abschied beendet war, verließen wir die Kapelle. Auf dem Weg zu der Stelle, an der ihre Asche ruhen sollte, wehte der Wind in gedämpften Böen. Manche Gräber waren mit Unkraut überwuchert, vergessen. Andere glänzten mit frischen Blumen und Schmuck – ich fragte mich, ob sie einer jüngeren Trauer entsprachen oder einer treuen Liebe, die der Zeit nicht nachgibt.

Wir kamen zum vorgesehenen Ort. Der Totengräber bewegte sich mit Ruhe, wie jemand, der jeden Handgriff des Rituals auswendig kennt. Er wusste, was danach kommt, und danach… Ich dachte daran, wie viele Trauerfeiern dieser Mann wohl schon miterlebt hatte.

Die Pastorin bat uns, näherzutreten, und vielleicht sprach sie jene alten Worte: „Von der Erde sind wir genommen, zur Erde kehren wir zurück.“ Doch was ich wirklich hörte, war: „Gott hat Elsbeth in sein Reich gerufen.“ Mein Blick blieb an den Augen ihrer Tochter hängen, die ganz in meiner Nähe stand. Ich wünschte, die Worte der Pastorin könnten ihr Trost spenden.

Jetzt, da ich diesen Moment zurückrufe, frage ich mich, ob Trost nicht auch in anderen Glaubensvorstellungen liegt: wenn man sagt, der geliebte Mensch werde in einem anderen Körper wiedergeboren; oder er kehre in den Schoß der Natur zurück; oder er lebe für immer in der Erinnerung derer, die ihn liebten. Unterschiedliche Weisen, eine einzige Hoffnung zu fassen. Doch jenseits der Worte, des Glaubens oder einer Lehre bleibt die harte Wahrheit: Wer einen geliebten Menschen verliert, lebt mit der unausweichlichen Gewissheit, dass dieser Mensch morgen und niemals mehr im Haus sein wird, wo er doch immer war. Diese Wahrheit anzunehmen, braucht Zeit.

Der Moment schloss sich, als wir Blütenblätter über das runde Gefäß aus Ton fallen ließen, das Els­beths Asche barg. Es war in einer kleinen Grube neben den Überresten ihres Sohnes gebettet.

Auf dem Rückweg zum Haus von Markus’ Mutter, auf dem Rücksitz des Autos, erfuhr ich mehr über Els­beths Leben. Markus und seine Mutter begannen, Anekdoten zu erzählen. Aus dem Radio erklang die E-Gitarre eines Blues, und sie redeten und redeten. Ohne es zu planen, hatten sie eine intimere Form gefunden, ihre Freundin zu verabschieden und zu ehren.

In einem Moment nutzte ich die Gelegenheit, Markus’ Mutter nach dem Dichter zu fragen. Sie kannte das Gedicht nicht nur, sondern hatte es auswendig gelernt. Das ist etwas, das wir beide teilen: die Liebe zur Poesie. Ich habe gesehen, wie sie die Augen schließt, als könne sie dadurch tiefer in den Raum ihres Gedächtnisses eintreten und die Worte der Gedichte klarer zurückholen. Auch diesmal rezitierte sie Der Mond ist aufgegangen von Matthias Claudius.

Später, als ich über Claudius nachforschte, erfuhr ich, dass er 1740 im Norden Deutschlands geboren wurde. Bevor er sich dem Journalismus und der Poesie widmete, hatte er Theologie und Jura studiert, doch er brach das Studium bald ab, um seiner wahren Berufung zu folgen: dem Schreiben. Ich las, dass dieses Gedicht manche Familienabende wie auch Beerdigungen begleitet.

Ich wollte mit allen teilen, was mir dieses Gedicht geschenkt hat: die Gewissheit, dass der Mond, auch wenn er sich nur halb zeigt, seine Vollkommenheit nie verliert. So ist es auch mit dem Leben derer, die wir lieben: Ein Teil bleibt verborgen, doch das Wesentliche bleibt unversehrt. Was wir sehen, ist Fragment; das Unsichtbare bewahrt die volle, runde, stille Form.

Und während ich das schreibe, denke ich, dass Claudius’ Mond vielleicht auch von uns spricht – davon, wie wir uns selbst betrachten: Wir verharren so oft bei unseren Schatten, bei jenen verkürzten oder schmerzhaften Teilen der Geschichte, die wir nicht sehen wollen. Doch unser Leben – so, wie es uns zugefallen ist – gehört uns ganz, mit seinen Lichtern und seinen Brüchen. Und erst in der liebevollen Annahme jedes Fragments offenbart sich unser voller, leuchtender Mond.

Nur wenige Stunden habe ich Elsbeth in meinem Leben gekannt, doch ihr Abschied an diesem Freitag berührte in mir eine tiefe Saite von Erkenntnis und Besinnung. Ich, die sie eigentlich nicht wirklich kannte, stelle sie mir nun in der Fülle ihres eigenen Mondes vor – vollständig und strahlend. Ruhe in Frieden, Elsbeth.

Ich möchte euch nun das ganze Gedicht mit euch teilen

Matthias Claudius – Der Mond ist aufgegangen (1778)

Der Mond ist aufgegangen,
die goldnen Sternlein prangen
am Himmel hell und klar;
der Wald steht schwarz und schweiget,
und aus den Wiesen steiget
der weiße Nebel wunderbar.

Wie ist die Welt so stille,
und in der Dämmrung Hülle
so traulich und so hold
als eine stille Kammer,
wo ihr des Tages Jammer
verschlafen und vergessen sollt.

Seht ihr den Mond dort stehen?
Er ist nur halb zu sehen,
und ist doch rund und schön!
So sind wohl manche Sachen,
die wir getrost belachen,
weil unsre Augen sie nicht sehn.

Wir stolze Menschenkinder
sind eitel arme Sünder
und wissen gar nicht viel;
wir spinnen Luftgespinste
und suchen viele Künste
und kommen weiter von dem Ziel.

Gott, laß uns dein Heil schauen,
auf nichts Vergängliches trauen,
nicht Eitelkeit uns freun;
laß uns einfältig werden
und vor dir hier auf Erden
wie Kinder fromm und fröhlich sein.

Wollst endlich sonder Grämen
aus dieser Welt uns nehmen
durch einen sanften Tod;
und, wenn du uns genommen,
laß uns in Himmel kommen,
du unser Herr und unser Gott!

So legt euch denn, ihr Brüder,
in Gottes Namen nieder;
kalt ist der Abendhauch.
Verschon uns, Gott! mit Strafen,
und laß uns ruhig schlafen!
Und unsern kranken Nachbar auch!
von Mary Hammer 9. August 2025
La misión lunar para hacernos brutos (versión en español) Ver la noticia de la muerte del astronauta Jim Lovell me llevó a rescatar un recuerdo gracioso de mi infancia, allá por 1981 o 1982. En casa no teníamos televisión, un detalle nada menor, porque en aquellos años acostumbrábamos a asomarnos por la ventana de nuestra vecina Ana para ver las comiquitas. A veces, si teníamos suerte, nos permitían entrar también y, después de hacer las tareas, a menudo podíamos verlas en la sala, como si fuera nuestro pequeño cine privado. Yo tendría unos nueve años y, por entonces, mi abuelita Magdalena —que estaba de visita desde Colombia— se quedaba con nosotros. Aquel día me encontraba, como tantas veces, mirando por la ventana de la señora Ana, hipnotizada por las imágenes en la pantalla. Recuerdo que balanceaba las caderas de un lado a otro, intentando aguantar las ganas de hacer pipí, pero nada podía moverme de ese lugar. El sol brillaba con descaro y el calor era intenso, aunque yo estaba demasiado absorta para notarlo. La escena en la televisión me dejó paralizada: unos hombres llegaban a la Luna. Bajaban lentamente de una nave, enfundados en trajes blancos que parecían hacerlos flotar a cada paso. Mi mente infantil se empeñaba en conectar aquella Luna de la televisión con la que yo veía de noche, rodeada de estrellas titilantes. Supongo que el programa celebraba el decimocuarto aniversario de la llegada del hombre a la Luna porque la misión Apolo 11 había alunizado en 1969. Yo estaba fascinada por lo que veía. Entonces, el señor Nectario, esposo de la señora Ana, se levantó de su silla con sus movimientos pausados y, como quien tiene algo mejor que hacer, fue hasta la esquina de la sala y apagó la tele. Yo me fui corriendo a casa, pero con la película aún proyectándose, encendida y vibrante, en mi cabeza. Al llegar al patio, mi abuelita lavaba la ropa a mano en un lavadero de cemento. Me acerqué, agitada, y le solté con entusiasmo: —Abuelita, ¿puedes creer que a esa luna que ves cada noche llegaron unos hombres en una nave espacial? ¡Lo acabo de ver en la televisión! Enterraron una bandera de América allí mismo, abuelita. Ella apartó sus manos arrugadas del agua y negó con la cabeza: —Mija, esos americanos ya no hallan qué inventar para que niños como tú y gente ignorante se vuelvan adictos a la televisión. Quieren que nos mantengamos burros, sin estudiar, pegados a esa caja. Sus palabras fueron como un cubo de agua fría sobre mi entusiasmo. Sin embargo, salí del patio convencida de algo: ese plan malévolo de los americanos no podía tocar nuestra casa... porque no teníamos televisión. Sonreí con satisfacción; una sesación de triunfo me enderezó la espalda y me llenó de orgullo. Mi abuela, mientras lavaba me había compartido una verdad que el mundo ignoraba: la conspiración de los americanos para volvernos brutos y zombis frente a la pantalla. Esa noche, sentada con mi madre y mis hermanas frente a la casa, la luna brillaba en un cielo oscuro salpicado de estrellas titilantes. Miraba al cielo. El dilema entre lo que había visto y lo que había escuchado de mi abuelita se adueñaba de mi mente. No dudaba de ella, pero tampoco dejaba de soñar de que todo aquello que mis ojos habían atrapado fuera de verdad, cierto. Hoy, al saber que este gran hombre —que junto a Neil Armstrong y Buzz Aldrin llegó por primera vez a esa Luna— ha partido, me nace regalarles esta pequeña anécdota. Y qué mejor día que hoy, noche de luna llena. RIP Jim, que ese viaje por la Luna nunca termine para ti. Die Mondmission, um uns dumm zu machen (VERSIÓN ALEMÁN) Die Nachricht vom Tod des Astronauten Jim Lovell brachte mich dazu, eine lustige Erinnerung aus meiner Kindheit hervorzuholen, irgendwann um 1981 oder 1982. Zu Hause hatten wir keinen Fernseher – ein nicht unwichtiger Umstand, denn in jenen Jahren schauten wir oft durch das Fenster unserer Nachbarin Ana, um Zeichentrickfilme zu sehen. Manchmal, wenn wir Glück hatten, durften wir sogar hineingehen, und nachdem wir die Hausaufgaben erledigt hatten, konnten wir sie oft im Wohnzimmer sehen – wie in unserem eigenen kleinen Privatkino. Ich war damals etwa neun Jahre alt, und zu dieser Zeit war meine Großmutter Magdalena – die aus Kolumbien zu Besuch war – bei uns. An jenem Tag stand ich, wie so oft, am Fenster von Señora Ana und war gebannt von den Bildern auf dem Bildschirm. Ich erinnere mich, wie ich meine Hüften von einer Seite zur anderen wiegte, versuchte, den Harndrang zu unterdrücken, aber nichts konnte mich von diesem Platz vertreiben. Die Sonne schien unverschämt hell, die Hitze war drückend – doch ich war viel zu vertieft, um es zu bemerken. Die Szene im Fernsehen ließ mich erstarren: Männer landeten auf dem Mond. Langsam stiegen sie aus einem Raumschiff, in weiße Anzüge gehüllt, die sie bei jedem Schritt schweben ließen. Mein kindlicher Verstand wollte unbedingt diesen Mond im Fernsehen mit dem verbinden, den ich nachts am Himmel sah, umgeben von funkelnden Sternen. Ich nehme an, es war ein Programm zum vierzehnten Jahrestag der ersten Mondlandung, denn Apollo 11 war 1969 gelandet. Ich war fasziniert von dem, was ich sah. Da stand Señor Nectario, der Ehemann von Señora Ana, gemächlich von seinem Stuhl auf, als hätte er Wichtigeres zu tun, ging in die Ecke des Wohnzimmers und schaltete den Fernseher aus. Ich lief nach Hause – doch in meinem Kopf lief der Film weiter, hell und lebendig. Im Hof angekommen, stand meine Großmutter am Waschbecken aus Beton und wusch Wäsche mit der Hand. Aufgeregt ging ich zu ihr und platzte heraus: —Abuelita, kannst du glauben, dass auf diesem Mond, den du jede Nacht siehst, Männer in einem Raumschiff gelandet sind? Ich habe es gerade im Fernsehen gesehen! Sie haben dort eine amerikanische Fahne aufgestellt, Abuelita. Sie zog ihre runzligen Hände aus dem Wasser und schüttelte den Kopf: —Mija, diese Amerikaner wissen nicht mehr, was sie erfinden sollen, damit Kinder wie du und unwissige Leute fernsehsüchtig werden. Sie wollen, dass wir dumm bleiben, nicht lernen und an dieser Kiste kleben. Ihre Worte waren wie ein Eimer kaltes Wasser auf meine Begeisterung. Doch ich verließ den Hof mit der festen Überzeugung, dass dieser teuflische Plan der Amerikaner unser Haus nicht erreichen konnte… weil wir keinen Fernseher hatten. Ich lächelte zufrieden; ein Gefühl des Triumphes richtete meinen Rücken auf und erfüllte mich mit Stolz. Meine Großmutter hatte mir beim Wäschewaschen eine Wahrheit verraten, die die Welt nicht kannte: die Verschwörung der Amerikaner, uns zu dummen Zombies vor dem Bildschirm zu machen. An diesem Abend saß ich mit meiner Mutter und meinen Schwestern vor dem Haus, während der Mond am dunklen, sternenübersäten Himmel leuchtete. Ich schaute immer wieder hinauf. Der Zwiespalt zwischen dem, was ich gesehen hatte, und dem, was meine Großmutter gesagt hatte, beschäftigte meinen Kopf. Ich zweifelte nicht an ihr, aber ich hörte auch nicht auf zu träumen, dass all das, was meine Augen eingefangen hatten, wahr sein könnte. Heute, da ich erfahre, dass dieser große Mann – der zusammen mit Neil Armstrong und Buzz Aldrin zum ersten Mal auf diesem Mond stand – von uns gegangen ist, möchte ich euch diese kleine Anekdote schenken. Und was für ein besserer Tag als heute, in einer Vollmondnacht. RIP Jim – möge diese Reise um den Mond für dich niemals enden.
von 2213845 Service Account 22. Juli 2025
Ella es mi hermana gemela. María Elena Jinete. (VERSIÓN ESPAÑOL-ALEMÁN)
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El día 30 de septiembre de 2024 nos reunimos nuevamente en nuestra escuela por una buena causa: practicar español con el fin de apoyar a una persona enferma en mi país Venezuea. Los estudiantes y amigos de nuestra escuela conocieron en vivo la historia de una joven talentosa venezolana: GENA LIEVANO. Proveniente de Caracas, Venezuela, nació en el seno de una familia con talento musical. Casi todos sabían tocar un instrumento. Era previsible que Gena también seguiría ese mismo camino en su profesión, pues ya con solo dos años, ella comenzaba a aprender a tocar el piano, después el chelo, la flauta y después el oboe; instrumento con el cual decidió especializase antes de seguir el camino profesional de Dirección de Orquestas. Sus recuerdos de la niñez y adolescencia transitan entre la escuela formal y una institución en Caracas, conocida por los músicos como El Sistema. Se trata de una fundación del Estado para el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, que ofrece una educación musical integral con un enfoque en la formación orquestal y coral. Cabe destacar que fue fundada en 1975 por el maestro José Antonio Abreu, con el objetivo de promover la música como una herramienta para la inclusión social y el desarrollo personal, especialmente para niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad. Así pues, como dije antes, la vida de esta joven giraba en torno a estudiar para sus clases, hacer sus deberes escolares, practicar sus instrumentos e ir al Sistema. Fue en este momento de la entrevista en que alguien, no recuerdo quién, quiso preguntarle si veía con reservas esa etapa de su vida, pues tenía una vida social muy limitada. Gena nos confesó que, el hecho de no haber conocido otra rutina más que esta, no la hacía añorar otra vida. De hecho, ella considera que sus verdaderos amigos estaban en el Sistema, por eso, veía con ilusión ir a este lugar. A los 16 años, viajó por primera vez a París de vacaciones con sus hermanos. Literalmente lo describió así: "Fue amor a primera vista, e inmediatamente supe que era allí donde quería vivir y estudiar en el futuro".Y así fue. Dos años después Paris y su encanto la esperaban; sin embargo, todo comienzo trae consigo sus desafios, y para Gena no fue la excepción. Por un lado, debía trabajar como niñera para ganarse la vida mientras audicionaba para poder lograr hacer estudios superiores de dirección de música en Conservatorios, Filarmónicas y finalmente en la Universidad de Paris. Por el otro, el gran desafío de lograr obtener una oportunidad para demostrar todo lo que sabía sobre música. Ella había aprendido muchísimo en el Sistema pero sin obtener certificación alguna. Gena nos explicó que en el Sistema el estudiante de música nunca recibe certificación oficial. De modo que, en el curriculum de Gena faltaba algo que certificara los años de esfuerzo y dedicación por la música y esto no debía ser algo fácil de entender en las escuelas parisinas. Otra situación incómoda fueron las criticas directas de algunos profesores tras el deseo de Gena de estudiar Dirección de Orquesta. "Una mujer no es capaz de dirigir" " No tienes el temple para ser una directora" " haz otra cosa". Decidir seguir este camino a pesar de toda esta presión es admirable y dice mucho del caracter de Gena, porque recuerden que ella era aun muy joven, estaba sola en Paris, no hablaba bien francés y no tenía consigo la acreditación que le exigían. Ella se mantuvo y se ha mantenido firme a su sueño y eso inspira. Un punto muy importante que no debemos pasar por alto es el hecho de que el amor llegó a la vida de Gena y fue también musical porque su amor también toca el oboe como ella. La historia de cómo se conocieron es muy larga. Solo resumo esto diciendo que juntos iniciaron su primer gran proyecto. Durante la pandemia, Gena y su novio tuvieron la idea de contactar muchos amigos músicos en Paris que no tenían trabajo para formar una orquesta propia. La llamaron Ánima, y es algo que mis estudiantes y yo vemos con mucha admiración. En este momento me vino a la mente lema que decidió poner Gena en el aviso de publicidad que hice para Conlinguas en Vivo: "Me gusta conectar el mundo a través de la música", quizás pensé en esto por la pregunta de mi estudiante Moritz acerca de la manera en la que Gena conecta a con los músicos en el momento que dirige una orquesta. Ella nos dijo que dejaba primero que la música se conectara con el músico primero porque cada uno va a sentirla de manera individual. Entonces, venía ella a que todo ese sentir se fusionara para que surgiera algo armonioso. Yo imaginé a Gena como a un río, allí llegaban todas las aguas que fluiran armoniosamente a algún lugar y nos va a tocar las fibras a todos. Cada director tiene su estilo y forma particular de dirigir. Nosotros aquí en Conlinguas, quedamos extremadamente curiosos. Queremos ver a esta joven talento en acción dirigiendo a una orquesta. He escuchado durante estas dos semanas la historia de Gena contada por mis estudiantes. Ha sido, como siempre, una experiencia maravillosa. A mí me encanta escuchar historias. Cada uno encuentra su modo de contar una misma historia. A mi pregunta final: Qué aprendiste de Gena? Todos coincidimos: Estar claro sobre lo que uno desea es un gran paso, pero no se puede quedar allí. Lo siguiente es el empeño, la disciplina y perseverancia para lograr tu sueño. Gena ha sido esto y más, por eso sabemos que lo va a lograr. Estoy segura de que en unos años, no muy lejanos, sabremos más de esta joven mujer por los periódicos y televisión, porque les aseguro que estará dirigiendo orquestas de renombre. Gracias Gena por todos lo que nos enseñaste a través de tu historia de vida. Igualmente, agradezco a mis estudiantes de español y amigos de Conlinguas por su participación y su apoyo a que continúe estas bonitas sesiones. A la Sra Luzmary Nacache, a la mujer que le dedicamos este evento, le deseamos pronta recuperación y una salud fuerte. Un abrazo para todos. Mary
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VIAJE DE MARCO A LA CIUDAD PERDIDA, COLOMBIA
von Mary Luz 3. März 2024
Alessandra Cuellar en Conlinguas en Vivo Todo listo para empezar el 2024 con los eventos con fines benéficos en nuestra escuela de español. Historias maravillosas e inspiradoras de personas igualmente maravillosas e inspiradoras. Una buena excusa para reunirnos en nuestra escuela para reunirnos en nuestra escuela y poder ayudar a alguien que necesite nuestra mano amiga para recuperar su salud en mi país Venezuela. Esta vez, quisiera regalarles la historia de vida de Alessandra Cuellar, una ingeniera industrial de profesión, que reconoció hace unos años que detrás de esa pasión por lo místico, habría un camino que esperaba ser descubierto. La espiritualidad y el autoconocimiento la llevaron a experimentar la vida con un mayor sentido; una vida donde podía ser partícipe de bonitas transformaciones . Alessandra, su familia, su cambio de vida, su emprendimiento, su misión; esto y mucho más podrán conocer en vivo este lunes 04.03.2024, a las 20.00. Me alegra verlos.
von Mary Luz Jinete Hammer 24. Januar 2024
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