El insilio de Adelaida , o cómo nombrar lo que ya sentíamos/ Das Insilio der Adelaida , oder wie wir benennen, was wir längst fühlten
El insilio de Adelaida, o cómo nombrar lo que ya sentíamos
(en español y alemán)
Anoche terminé de leer La hija de la española, de Karina Sainz Borgo. Lo había comenzado el Viernes Santo — tres días libres que entregué sin resistencia a Adelaida y a su urgencia. Desde las primeras páginas esta novela te atrapa con una necesidad imperiosa de saber qué ocurrirá con ella. Una angustia compartida que no te suelta.
La hija de la española es la primera novela de la periodista venezolana Karina Sainz Borgo, publicada en 2019. Sigue a Adelaida, una mujer joven que acaba de perder a su madre en una Caracas tomada por la violencia, la escasez y los colectivos armados. Sola y sin opciones, encuentra en la muerte de su vecina una salida impensable: robar su identidad y su pasaporte español para escapar. Una mujer común, empujada al límite, que decide sobrevivir.
Antes de llegar a mis manos, el libro ya era un fenómeno. Sainz Borgo fue alabada como una escritora revelación — su primera novela vendió derechos a más de veinte países antes incluso de publicarse en castellano. La crítica especializada la celebró con entusiasmo. Las valoraciones de los lectores comunes fueron más divididas, más cautelosas. Algunos la acusaron de maniqueísmo ideológico, otros de superficialidad temática. Yo no podría compartir esas críticas, en apenas 216 páginas, las de una edición de bolsillo, Sainz Borgo condensa magistralmente la cúspide de un caos y una violencia social, y la metamorfosis de una resolución existencial: personajes comunes empujados a decisiones imposibles, a los que les agradezco no haberse detenido en explicar sino en sentir. Y leer sobre esta polémica me regaló algo inesperado: una palabra que no conocía. El insilio. Una palabra que me instó a escribir estas líneas.
El insilio es una forma de exilio que no requiere pasaporte ni frontera. Es el exilio de quien sigue pisando su tierra pero ya no la habita, porque la tierra que amaba dejó de existir. Estar desterrado sin haberse movido. Sainz Borgo lo retrata con una prosa visceral y directa — esos temas que la crítica reclama más desarrollados son el paisaje, la atmósfera irrespirable dentro de la cual sus personajes existen y sobreviven.
Y sus personajes son gente ordinaria a la que el sistema acorrala hasta dejarle una sola salida. Adelaida roba una identidad para dejar el país. Santiago, un joven estudiante de economía detenido durante una protesta, vive en la cárcel vejaciones, castigos y violaciones. El sistema entonces le ofrece una elección que no es una elección: unirse a los colectivos armados creados por el gobierno para reprimir a los disconformes, o seguir pudriéndose entre rejas. Convertirse en el instrumento del mismo sistema que lo destruyó, o desaparecer. Dos personajes, dos trampas distintas, una misma presión: la de un país que expulsa a sus propios ciudadanos hacia los bordes de lo humano.
Y luego está la Mariscala y los suyos. Sainz Borgo los dibuja con una precisión que incomoda — cuerpos voluminosos, hinchados, que huelen a vinagre y a cebolla y a algo más oscuro que reconoces inmediatamente. Son la imagen física del resentimiento convertido en poder. Personas que encontraron en la revolución la justificación perfecta para sus crímenes, la invasión, la apropiación, el despojo, cometiéndolos con el cinismo de quien sabe exactamente lo que hace y lo hace igual, con bandera y con consigna. Adelaida acaba de enterrar a su madre y regresa a su apartamento para encontrarlo ocupado. La autora los caricaturiza con una corporalidad que inevitablemente te lleva a pensar en una cloaca, hinchada, saturada, alimentándose de la miseria de los otros y convencida de que le pertenece por derecho. La deshumanización no como ausencia de valores sino como su perversión más acabada.
Pero también aparece el personaje de la española muerta. Tendida en el suelo de su apartamento con un secreto que Adelaida descubre casi por accidente, llevaba años cobrando la pensión española de su propia madre, una mujer que ya llevaba mucho tiempo muerta. También ella engañaba. También ella había encontrado su propia forma de sobrevivir en un país donde las instituciones no protegen sino que abandonan. Adelaida se enfrenta al dilema de deshacerse del cuerpo para tener un lugar donde dormir, sin poder acudir a la policía, corrupta, cómplice, otro engranaje más del mismo sistema roto. Y en ese momento la novela te recuerda algo que es fácil olvidar: que detrás de cada puerta cerrada hay un mundo interior que desconocemos por completo. La española no es solo un recurso narrativo, es el boceto de alguien cuyas líneas nunca terminamos de trazar. Sus secretos más íntimos, su propia moral de la supervivencia, nos recuerdan que nadie es completamente lo que parece, y que juzgar desde afuera es siempre una forma de ceguera.
Casi 8 millones de venezolanos han cruzado alguna frontera en la última década, 2.000 personas cada día. Una diáspora tan vasta que, si viviera junta, formaría una nación más grande que Nicaragua o El Salvador. Para quien no conoce esta realidad, ese número es el contexto.
Lo que más me conmovió fue la soledad de Adelaida, también su indiferencia. Esa necesidad de mantenerse ajena al sufrimiento de los otros porque el propio ya era demasiado. El mecanismo de defensa de quien ya no tiene reservas emocionales para repartir. Me llevó inevitablemente a José Saramago, a su Ensayo sobre la ceguera, esa novela donde una epidemia de ceguera repentina destruye el tejido humano de una sociedad entera: la confianza, la solidaridad, la capacidad de ver al otro como aliado. En Venezuela no hubo una epidemia de ceguera literal, pero sí una erosión lenta y brutal de la confianza entre vecinos, entre ciudadanos, entre seres humanos. Quien se acerca desea algo de ti. El sufrimiento se vuelve tácito, no compartido. Cada uno carga el suyo en silencio.
Y ahora, como profesora, me quedo con las preguntas abiertas.
Mis estudiantes de español avanzado me pidieron un libro sobre la realidad venezolana. Como siempre, leí antes de proponer — para evaluar si la prosa sería demasiado desafiante, y por temor a que la violencia fuera demasiado explícita, demasiado incómoda. La violencia en esta novela existe, pero Sainz Borgo no la exhibe — la implica. El horror está en lo que no se describe, en la normalización, en la indiferencia de Adelaida ante lo que antes hubiera sido impensable.
Me pregunto si mis estudiantes podrán conectar emocionalmente con una realidad tan ajena a la suya. Si los venezolanismos, las expresiones culturales, las referencias a los colectivos, al Sebin, al clap, serán una barrera infranqueable o una puerta de entrada a una conversación más profunda sobre lengua, identidad y pertenencia. Me pregunto también si tienen la capacidad emocional para recibir otra capa de dolor ajeno — ellos que ya leen sobre guerras, sobre violencias cercanas, sobre un mundo que no termina de estabilizarse. ¿Tiene sentido añadir el peso de Venezuela a lo que ya cargan?
Y sin embargo. La literatura hace lo que las noticias y las estadísticas no logran: nos hace sentir la realidad del otro desde adentro. Adelaida no es una cifra. Santiago no es una cifra. Son personas comunes que un sistema roto obligó a elegir entre sobrevivir y desaparecer. Será un desafío — lo sé. Los venezolanismos, las referencias culturales, el peso emocional de una realidad tan distante a la suya. Pero la distancia también es una invitación. Y yo estaré ahí, como guía en este viaje, para tender los puentes que la página sola no puede construir. Porque hay libros que no se leen solos. Este es uno de ellos.ste es uno de ellos.
Das Insilio der Adelaida, oder wie wir benennen, was wir längst fühlten
Gestern Abend habe ich La hija de la española von Karina Sainz Borgo zu Ende gelesen. Angefangen hatte ich am Karfreitag — drei freie Tage, die ich ohne Widerstand Adelaida und ihrer Dringlichkeit überlassen habe. Schon auf den ersten Seiten zieht dich dieser Roman in eine zwingende Notwendigkeit hinein, wissen zu wollen, was mit ihr geschehen wird. Eine geteilte Angst, die dich nicht mehr loslässt.
La hija de la española ist der erste Roman der venezolanischen Journalistin Karina Sainz Borgo, erschienen 2019. Er folgt Adelaida, einer jungen Frau, die gerade ihre Mutter verloren hat — in einem Caracas, das von Gewalt, Mangel und bewaffneten Kollektiven beherrscht wird. Allein und ohne Optionen findet sie im Tod ihrer Nachbarin einen undenkbaren Ausweg: deren Identität und spanischen Pass zu stehlen, um zu fliehen. Eine gewöhnliche Frau, an ihre Grenzen gedrängt, die sich entscheidet zu überleben.
Bevor das Buch in meine Hände gelangte, war es bereits ein Phänomen. Sainz Borgo wurde als literarische Entdeckung gefeiert — die Rechte an ihrem ersten Roman wurden in mehr als zwanzig Länder verkauft, noch bevor er auf Spanisch erschien. Die Fachkritik begrüßte ihn mit Begeisterung. Die Stimmen der Leserinnen und Leser waren geteilter, vorsichtiger. Einige warfen ihr ideologischen Manichäismus vor, andere thematische Oberflächlichkeit. Ich kann diese Kritik nicht teilen — auf kaum 216 Seiten, in einer Taschenbuchausgabe, verdichtet Sainz Borgo meisterhaft den Höhepunkt eines sozialen Chaos und einer allgegenwärtigen Gewalt, ebenso wie die Metamorphose einer existenziellen Entscheidung: gewöhnliche Menschen, die zu unmöglichen Entscheidungen gezwungen werden, und denen ich dankbar bin, dass sie nicht erklären, sondern fühlen. Und die Auseinandersetzung mit dieser Kontroverse schenkte mir etwas Unerwartetes: ein Wort, das ich nicht kannte. Insilio. Ein Wort, das mich dazu drängte, diese Zeilen zu schreiben.
Insilio ist eine Form des Exils, die weder Pass noch Grenze braucht. Es ist das Exil derjenigen, die ihr Land weiterhin betreten, es aber nicht mehr bewohnen, weil das Land, das sie liebten, aufgehört hat zu existieren. Vertrieben sein, ohne sich bewegt zu haben. Sainz Borgo zeichnet dies mit einer rohen, direkten Sprache — jene Aspekte, die die Kritik stärker ausgearbeitet sehen wollte, sind gerade die Landschaft, die erstickende Atmosphäre, innerhalb derer ihre Figuren existieren und überleben.
Und ihre Figuren sind gewöhnliche Menschen, die das System so lange in die Enge treibt, bis ihnen nur ein einziger Ausweg bleibt. Adelaida stiehlt eine Identität, um das Land zu verlassen. Santiago, ein junger Wirtschaftstudent, der während einer Protestaktion festgenommen wird, erlebt im Gefängnis Demütigungen, Strafen und Vergewaltigungen. Das System bietet ihm schließlich eine Wahl an, die keine ist: sich den vom Staat geschaffenen bewaffneten Kollektiven anzuschließen, um Andersdenkende zu unterdrücken — oder weiter hinter Gittern zu verrotten. Zum Instrument desselben Systems zu werden, das ihn zerstört hat, oder zu verschwinden. Zwei Figuren, zwei unterschiedliche Fallen, ein und derselbe Druck: der eines Landes, das seine eigenen Bürger an die Ränder des Menschlichen drängt.
Und dann ist da noch die Mariscala. Und die Ihren. Sainz Borgo zeichnet sie mit einer Präzision, die verstört — voluminöse, aufgedunsene Körper, die nach Essig, nach Zwiebeln und nach etwas Dunklerem riechen, das man sofort erkennt. Sie sind das körperliche Bild eines in Macht verwandelten Ressentiments. Menschen, die in der Revolution die perfekte Rechtfertigung für ihre Verbrechen gefunden haben — Besetzung, Aneignung, Enteignung — und sie mit dem Zynismus begehen, der genau weiß, was er tut, und es trotzdem tut, mit Fahne und Parole. Adelaida hat gerade ihre Mutter beerdigt und kehrt in ihre Wohnung zurück, um sie besetzt vorzufinden. Die Autorin karikiert sie mit einer Körperlichkeit, die unweigerlich an eine Kloake denken lässt — aufgequollen, gesättigt, sich von der Misere der anderen nährend und überzeugt davon, ein Anrecht darauf zu haben. Entmenschlichung nicht als Abwesenheit von Werten, sondern als deren vollendete Pervertierung.
Doch dann erscheint auch die Spanierin. Tot. Auf dem Boden ihrer Wohnung liegend, mit einem Geheimnis, das Adelaida fast zufällig entdeckt — jahrelang hatte sie die spanische Rente ihrer eigenen Mutter bezogen, einer Frau, die längst tot war. Auch sie täuschte. Auch sie hatte ihre eigene Form des Überlebens gefunden in einem Land, in dem Institutionen nicht schützen, sondern verlassen. Adelaida steht vor dem Dilemma, den Körper verschwinden zu lassen, um einen Ort zum Schlafen zu haben — ohne sich an die Polizei wenden zu können: korrupt, mitschuldig, ein weiteres Zahnrad im selben kaputten System. Und in diesem Moment erinnert dich der Roman an etwas, das man leicht vergisst: dass sich hinter jeder geschlossenen Tür eine innere Welt verbirgt, die wir niemals ganz kennen. Die Spanierin ist nicht nur ein erzählerisches Mittel — sie ist die Skizze eines Menschen, dessen Linien wir nie vollständig ziehen. Ihre intimsten Geheimnisse, ihre eigene Moral des Überlebens, erinnern uns daran, dass niemand ganz das ist, was er zu sein scheint — und dass von außen zu urteilen immer auch eine Form der Blindheit ist.
Fast acht Millionen Venezolaner haben in den letzten zehn Jahren irgendeine Grenze überschritten — zweitausend Menschen pro Tag. Eine Diaspora von solcher Größe, dass sie, lebte sie zusammen, ein Land bilden würde, größer als Nicaragua oder El Salvador. Für diejenigen, die diese Realität nicht kennen, ist diese Zahl der Kontext.
Was mich am meisten berührt hat, war Adelaidas Einsamkeit — und ihre Gleichgültigkeit. Dieses Bedürfnis, sich vom Leid der anderen fernzuhalten, weil das eigene bereits zu groß geworden ist. Der Schutzmechanismus eines Menschen, der keine emotionalen Reserven mehr hat, die er teilen könnte. Unweigerlich musste ich an José Saramago denken, an seinen Essay über die Blindheit — jenen Roman, in dem eine plötzliche Blindheitsepidemie das menschliche Gefüge einer ganzen Gesellschaft zerstört: Vertrauen, Solidarität, die Fähigkeit, im anderen einen Verbündeten zu sehen. In Venezuela gab es keine buchstäbliche Blindheitsepidemie, wohl aber eine langsame und brutale Erosion des Vertrauens — zwischen Nachbarn, zwischen Bürgern, zwischen Menschen. Wer sich nähert, will etwas von dir. Das Leid wird still, nicht geteilt. Jeder trägt seines allein.
Und jetzt, als Lehrerin, bleibe ich mit offenen Fragen zurück.
Meine fortgeschrittenen Spanischlernenden baten mich um ein Buch über die venezolanische Realität. Wie immer habe ich zuerst gelesen, bevor ich es vorschlage — um einzuschätzen, ob die Sprache zu anspruchsvoll wäre, und aus Sorge, dass die Gewalt zu explizit, zu belastend sein könnte. Die Gewalt ist in diesem Roman präsent, doch Sainz Borgo stellt sie nicht aus — sie lässt sie wirken. Der Horror liegt in dem, was nicht beschrieben wird, in der Normalisierung, in Adelaidas Gleichgültigkeit gegenüber dem, was früher undenkbar gewesen wäre.
Ich frage mich, ob meine Lernenden emotional eine Verbindung zu einer so fremden Realität herstellen können. Ob die venezolanischen Ausdrücke, die kulturellen Referenzen, die Hinweise auf die colectivos, den Sebin, die clap — ob all das eine unüberwindbare Barriere sein wird oder eine Tür zu einem tieferen Gespräch über Sprache, Identität und Zugehörigkeit. Ich frage mich auch, ob sie die emotionale Kapazität haben, noch eine weitere Schicht fremden Leids aufzunehmen — sie, die bereits über Kriege lesen, über nahe Gewalt, über eine Welt, die sich nicht zu stabilisieren scheint. Ergibt es Sinn, das Gewicht Venezuelas zu dem hinzuzufügen, was sie ohnehin tragen?
Und doch. Literatur leistet, was Nachrichten und Statistiken nicht vermögen: Sie lässt uns die Realität des anderen von innen heraus fühlen. Adelaida ist keine Zahl. Santiago ist keine Zahl. Es sind gewöhnliche Menschen, die ein kaputtes System gezwungen hat, zwischen Überleben und Verschwinden zu wählen. Es wird eine Herausforderung sein — ich weiß es. Die venezolanischen Ausdrücke, die kulturellen Referenzen, das emotionale Gewicht einer so fernen Realität. Doch die Distanz ist auch eine Einladung. Und ich werde da sein, als Begleiterin auf dieser Reise, um die Brücken zu schlagen, die die Seite allein nicht bauen kann. Denn es gibt Bücher, die man nicht allein liest. Dieses ist eines davon.










